a crisis del Beagle alcanzó en diciembre de 1978 uno de los momentos más críticos de la relación con Chile. El historiador y teniente coronel Roberto Fabián Arias Malatesta describió al Diario La Nación la magnitud de la Operación Soberanía, un plan ofensivo que contemplaba el despliegue de cerca de 300.000 soldados, el avance de la Flota de Mar hacia el Pacífico y vuelos de tanteo de la Fuerza Aérea sobre la cordillera. “Fue la guerra que no fue”, afirmó, al detallar un dispositivo preparado para ejecutarse en varios frentes.
La disputa se agravó tras el laudo arbitral de 1977, que adjudicó a Chile las islas Picton, Nueva y Lennox. Para Malatesta, el conflicto no giraba en torno a las islas, sino a la proyección marítima derivada de ese fallo. “Aceptar esa línea implicaba permitir que se recortara el mapa”, sostuvo. Argentina declaró nula la decisión y la negociación bilateral se estancó rápidamente.
Con la vía diplomática agotada, comenzaron las demostraciones de fuerza. Chile mantenía posiciones firmes y Argentina aceleró sus alistamientos. Una de las señales más visibles fue el ejercicio Pampa Olaen, en Córdoba, donde 2700 paracaidistas fueron lanzados en una sola mañana. Paralelamente, tropas y blindados se movilizaron hacia la frontera y se reforzó la logística para sostener un eventual conflicto.
La Operación Soberanía definió varios ejes de avance. Desde Mendoza y San Juan, las tropas debían presionar hacia Santiago; en el sur, el Agrupamiento General Las Heras, comandado por Luciano Menéndez, buscaba cortar Chile en dos; otro eje preveía un avance hacia Punta Arenas. La Armada debía cruzar el Cabo de Hornos e ingresar al Pacífico para enfrentar a la flota chilena. Una compañía aerotransportada estaba preparada para tomar las islas disputadas por asalto.
La tensión llegó al límite entre el 21 y 22 de diciembre de 1978, cuando se registraron aproximaciones de flotas y cruces de frontera por parte de aviones de ambos países. Malatesta señaló que “las fuerzas aéreas venían realizando fintas para medir reacción”, en un clima de máxima alerta. En provincias del oeste y del sur, Defensa Civil instruía a la población sobre técnicas de ocultamiento ante un posible ataque.
El avance se frenó cuando el general Videla solicitó la intervención del Vaticano. La llegada del cardenal Samoré, junto con un temporal en el Cabo de Hornos que afectó las operaciones navales, desactivó la inminencia del choque. El proceso posterior derivó en el Tratado de Paz y Amistad de 1984, que fijó los límites definitivos.
Para Malatesta, la crisis dejó una proyección que persiste. “El conflicto se trasladó a la Antártida; hoy las reclamaciones de Argentina, Chile y el Reino Unido se superponen”, afirmó. La reconstrucción documental y testimonial permite dimensionar un episodio decisivo que estuvo a punto de transformar la historia del Cono Sur.