l viernes, en la cálida cueva de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, unos gurús libertarios autóctonos protagonizaron una paqueta velada para predicar el evangelio del déficit cero.
Qué bonito es verlos arengar contra el "gasto público improductivo" desde el vientre mismo de la bestia: un aula climatizada, con buena iluminación y sillas cómodas, todo pagado con esos impuestos que tanto repudian.
La estampa era casi conmovedora: puro plantel masculino, monocromático en ideología y género, explicando por qué el Estado debería desaparecer… justo antes de servirse un vaso de agua del dispenser universitario. Quizás no se dieron cuenta de que, sin universidades públicas, su charla se hubiera hecho en una plaza, a los gritos y compitiendo con el viento fueguino.
Nunca el Estado fue tan hospitalario con sus verdugos. Que vengan, que usen el pizarrón, que se sienten. Después de todo, no hay mejor publicidad para lo público que ver a sus enemigos disfrutándolo.