ada jueves, las Madres vuelven a la Plaza. Caminan lento, sostienen fotos, repiten nombres. No es una escena del pasado. Es el presente insistiendo.
Pero algo cambió. Mientras ellas siguen buscando, el Estado empezó a correrse. Menos presupuesto, menos personal, menos acompañamiento. Organismos desarmados, áreas vaciadas, sitios de memoria apagados. La búsqueda ya no es política pública: es resistencia.
Y al mismo tiempo aparece otro movimiento, más silencioso. Se habla de “memoria completa”, se discuten cifras, se vuelve a nombrar la dictadura como una guerra. No se niega del todo. Se corre el foco.
El problema no es solo lo que se recorta, sino lo que se reinterpreta. Porque cuando el Estado deja de sostener una verdad construida durante décadas y pruebas, habilita que esa verdad vuelva a discutirse a través de la polarización mediática.
Y en ese corrimiento hay un riesgo concreto. El que ‘eso’ que costó tanto nombrar, vuelva y siembre dudas. Porque, si la verdad se vuelve discutible y la memoria pierde peso, lo que se desarma no es el pasado: es la certeza de lo que ocurrió.