urante años, Tierra del Fuego se sostuvo en un relato cómodo: la provincia con menos pobreza de la Patagonia, un lugar donde los números parecían acompañar la postal. Pero los datos más recientes empiezan a correr ese velo. Hoy, más de 41 mil personas viven bajo la línea de pobreza.
Incluso en los mejores momentos estadísticos, la provincia tenía sus miles de personas en situación de pobreza. La diferencia es que ahora el dato deja de leerse como una ‘anomalía’ y empieza a inscribirse en un escenario más amplio, donde cualquier mejora convive con una fragilidad persistente.
Mientras se consolida la idea de recuperación, la pobreza sigue siendo estructural, sostenida en el tiempo, apenas más baja que antes pero igual de presente. No desaparece: se acomoda.
Cuando una provincia se acostumbra a convivir con decenas de miles de pobres sin que eso altere, el problema ya no es solo económico. Es otra cosa: es una nueva normalidad que deja de sorprender incluso cuando debería incomodar.