asaron ya caso dos meses. El pastor ya predicó, los coros enmudecieron y el microestadio “Cochocho” Vargas recuperó su silencio habitual. Pero el cartel de “Esperanza Ushuaia” sigue allí, intacto, como si el fin del mundo hubiera aplazado su propia puntualidad.
Ahora, para completar la liturgia del descuido, la misma promesa milagrosa viaja en un colectivo urbano: la resurrección publicitaria ha encontrado nuevas ruedas.
En la bella Ushuaia nada expira, todo se multiplica. Los carteles no se retiran, se reencarnan. La ciudad prístina exhibe su costado más humano: el que clava un aviso y lo eleva a monumento eterno por pura inercia administrativa.
Porque aquí la verdadera esperanza no es el evento religioso, sino que alguien, algún día, se acuerde de despegar el afiche. Mientras tanto, la fe sigue moviendo montañas… y las mueve en colectivo.