orque mientras uno mira el paisaje, otro ya está calculando cuántos pisos más entran en la vista. Total, el Canal no se queja, la montaña no vota y el viento todavía no paga impuestos. Entonces crecen edificios como si la ciudad fuera infinita, como si el agua, la luz y el gas vinieran de un lugar mágico llamado “después vemos”. Pero no: Ushuaia es finita. Y cuando todo se llena de techos, alguien se queda sin casa… o sin agua caliente. Porque el problema no es construir, es creer que la ciudad aguanta todo.
Y no, no aguanta.