n algún punto alguien decidió que la escuela, como cualquier otra institución bastardeada, podía hacerse cargo de todo y más: enseñar, contener, mediar, cuidar, detectar, intervenir, salvar y proteger a costa de la propia salud mental (y física otras veces). Como si el aula fuera una extensión natural de lo que afuera ya no se está sosteniendo. Total, ¿qué puede salir mal si se le suma una responsabilidad más al docente?
Así aparece esta nueva versión del sistema educativo, donde la violencia social entra por la puerta y la respuesta queda adentro. Protocolos que dependen de la provincia, equipos que no alcanzan, psicólogos que no llegan y docentes que tienen que resolver lo que no les corresponde, con las pocas herramientas que tienen a su alcance.
Existe, en la eterna confrontación y polarización de todos los debates, la idea tranquilizadora de que estamos ante “retos y desafíos propios de la etapa adolescente” como se vio en cualquier otra época.
Pero, por otra parte, la pregunta se responde sola: No. Ésto no va a terminar con una gestión. Es una crisis de salud mental que ya estaba presente, solo que ahora se está impregnando en los más chicos y exterminaron los espacios de escucha y contención.