hí están: alineadas como si esperaran instrucciones del inframundo, una docena de criaturas amarillas con cucharas de hierro, listas para devorar cualquier atisbo de estética.
El ingreso a Ushuaia, esa postal que promete montañas, nieve y épica patagónica, hoy ofrece en cambio una cumbre de retroexcavadoras en pleno ritual dominical. Bajo un cielo gris que parece haber firmado contrato de exclusividad, las máquinas posan con la elegancia de un desfile de barro y gasoil.
Claro, uno entiende: progreso, obras, futuro, paciencia. Todo muy razonable. Pero mientras tanto, el visitante desprevenido podría pensar que tomó un desvío equivocado hacia una convención internacional de palas cargadoras.
La belleza vendrá, dicen. Seguro. Solo que, por ahora, el comité de bienvenida lo encabeza una excavadora con cara de pocos amigos y un camino que invita más a la introspección que al turismo. Bienvenidos al fin del mundo… en obras.