n el corazón de la ciudad, el Castillo Legislativo parece inofensivo bajo la luz del día. Sin embargo, cuando el sol cae, algo cambia. Las puertas se cierran y, uno a uno, los legisladores ingresan con sigilo, como si evitaran ser vistos.
Todo indica que las decisiones no se toman a la vista de la sociedad, sino en la profundidad de la noche. A altas horas, cuando la ciudad duerme, se reúnen puertas adentro, entre sombras y candelabros, como si necesitaran la oscuridad para definir qué legislar.
La escena inquieta: rostros apenas iluminados, susurros, papeles que se firman lejos de cualquier mirada. No hay ventanas abiertas ni testigos. Es como si la luz del día fuera un riesgo, algo que los expondría demasiado.
Al amanecer, el edificio vuelve a la calma. Nadie sabría decir qué ocurrió allí dentro. Y sin embargo, las decisiones ya están tomadas.