shuaia atraviesa una de esas crisis silenciosas que, cuando no se gestionan a tiempo, terminan dejando daños profundos y duraderos. No se trata solamente de un problema sanitario, ni exclusivamente de cuestionamientos sobre la seguridad portuaria. Lo que hoy está en juego es algo mucho más delicado: la confianza y la reputación internacional de uno de los destinos turísticos más aspiracionales de la Argentina.
La repercusión global que tuvo el caso del crucero MV Hondius y los contagios vinculados al hantavirus expuso con crudeza una alarmante falta de claridad informativa. En un mundo hiperconectado, donde las noticias recorren el planeta en minutos, la ausencia de comunicación oficial precisa, transparente y coordinada terminó generando más incertidumbre que certezas. El silencio, las versiones cruzadas y la falta de vocerías claras dejaron espacio para la especulación y multiplicaron el impacto negativo sobre la imagen de Ushuaia.
A esto se suma otro frente igualmente preocupante. Desde enero, distintos planteos realizados por ANPYN y diferentes referentes políticos del Gobierno Nacional vienen instalando dudas sobre las condiciones de seguridad del puerto de Ushuaia. Más allá de la legitimidad o no de esos cuestionamientos, lo grave es que nuevamente no hubo capacidad institucional para construir una respuesta sólida, profesional y unificada que protegiera la reputación del destino y transmitiera tranquilidad.
Como si fuera poco, en los últimos días también comenzaron a instalarse versiones que vinculan los contagios con la presencia de roedores en el relleno sanitario de la ciudad. Y otra vez aparece el mismo problema: nadie salió oficialmente a rebatir, aclarar o contextualizar esas afirmaciones. En términos de comunicación de crisis, el vacío siempre se llena. Y cuando las instituciones callan, crecen el miedo, las sospechas y el daño reputacional.
Lo más preocupante no es solamente la existencia de estos conflictos, sino la incapacidad colectiva para reaccionar frente a ellos. No hay una estrategia común. No aparece una mesa de coordinación entre el Estado provincial, el municipio, las cámaras empresarias, la Cámara de Turismo, la Cámara de Comercio, los actores políticos y los organismos técnicos. Cada sector observa el problema desde su lugar, pero nadie parece asumir que la reputación de Ushuaia es un activo compartido que exige responsabilidad compartida.
La crisis actual deja al descubierto una preocupante debilidad institucional y una grave mezquindad entre actores que actúan sobre la esfera pública. Porque las ciudades turísticas globales no se sostienen únicamente con paisajes extraordinarios. También necesitan credibilidad, previsibilidad y capacidad de respuesta. Y hoy Ushuaia está transmitiendo exactamente lo contrario: desorden, improvisación y ausencia de conducción frente a situaciones sensibles.
La marca Ushuaia no se construyó de un día para otro. Lleva décadas de esfuerzo público y privado, inversiones, promoción internacional y trabajo conjunto. Pero la reputación es frágil. Y cuando se deteriora por falta de reacción, recuperarla demanda mucho más tiempo y mucho más esfuerzo que el que hubiera requerido enfrentar la crisis con profesionalismo desde el comienzo.
Todavía hay tiempo para corregir el rumbo. Pero eso exige liderazgo, coordinación y una decisión urgente de dejar de administrar los problemas desde el silencio. Porque el mayor riesgo para Ushuaia ya no son solamente los cuestionamientos sanitarios o portuarios.
El verdadero peligro es naturalizar la incapacidad de responder ante ellos.
(*) El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de EDFM. El desarrollo editorial está basado en su experiencia, investigación y debates sobre los temas abordados.