n el corazón de la ciudad, donde encontrar un lugar para estacionar es un verdadero desafío, aparece esta innovadora figura legal: el “contribuyente ornamental”. No paga tasa, no tramita permiso, no dispone de cochera, pero coloca tres conos y automáticamente adquiere derechos hereditarios sobre media cuadra. La escena ya forma parte del paisaje urbano: conos firmes y la tácita advertencia de “acá no te metas”. Todo muy artesanal, pero eficaz. Lo más fascinante no es la apropiación del espacio público, sino la armonía institucional que la acompaña. Esta reserva VIP callejera, que se repite en distintos puntos de la ciudad, parece gozar de inmunidad diplomática. Tal vez los conos tengan fueros. O quizás descubrieron el secreto definitivo de la gestión moderna: ocupar espacio público sin pagar un peso… y hacerlo tan seguido que termine pareciendo normal.