esiduum, mysterium et negocium non explicatum.
En las afueras de la ciudadis se alza el Humatorium, magna planta de tratamientum residuorum cuya legalitas fluctúa entre el expediente perdido y el permiso próximamente presentado. Desde sus techos emana el clásico fumus administrativus, señal de que algo se procesa, aunque nadie sabe exactamente qué, cómo ni con qué autorización.
Los custodios del lugar aseguran que todo está in regula, mientras los vecinos practican el antiguo deporte fueguinus del sospechatum permanens. Entre papeles, excepciones y decretus interpretativus, el Humatorium continúa su noble misión de transformar residuos en interrogantes.
Y así, bajo el lema “si hay humo, hay trámite”, la instalación permanece activa, recordando que en ciertas tierras australes la transparencia puede ser más difícil de encontrar que el origen del olor que trae el viento.