urante años, YPF fue la empresa del petróleo. La de los pozos, los combustibles y las discusiones sobre tarifas. Por eso llama la atención que hoy firme acuerdos con Tesla, la compañía que convirtió a los autos eléctricos y las baterías en uno de los símbolos de la transición energética global.
La foto es potente. La petrolera más importante del país y la empresa de Elon Musk sentadas en la misma mesa para hablar de cargadores rápidos y almacenamiento de energía.
Pero el dato interesante no es Tesla. Es YPF.
Mientras buena parte de la discusión pública celebró el anuncio como si se tratara de una inversión histórica, lo firmado es una carta de intención. No es una inversión multimillonaria ni una transformación inmediata de la matriz energética. Es una carta de intención para explorar oportunidades de colaboración.
Lo curioso es que el acuerdo parece haber generado más expectativas que certezas. Quizás sea la facilidad con la que se confunden anuncios con resultados.