n Tolhuin cuentan que hay más de un centenar de casas donde el frío no entra por las ventanas: nace en las cañerías. Una a una, más de 150 familias escucharon el mismo susurro: el gas había desaparecido. Los ancianos temblaban, los chicos tosían y los enfermos abrazaban frazadas que ya no alcanzaban. Nadie respondía; apenas llegaban mensajes invisibles, enviados a correos que nadie leía.
En Buenos Aires, algún lejano funcionario dio la orden: soltar a la bestia invernal que trata a los seres humanos como expedientes olvidados y salir a las calles para volverse un verdadero monstruo, aquel que no asusta con gritos, sino con el silencio de una calefacción apagada en pleno invierno fueguino.