urante y después del Mundial se intentó presentar a la Argentina como un país esencialmente racista, xenófobo y arrogante. Esa generalización, construida a partir de conductas minoritarias, es injusta y falaz. Sin embargo, los insultos, las descalificaciones y la injerencia política de Javier Milei en Brasil terminan aportando argumentos a quienes pretenden convertir comportamientos condenables en una característica nacional.
En medio del Mundial de fútbol y, con mayor intensidad, después de su finalización, la Argentina quedó expuesta a una campaña internacional que procuró instalar una imagen particularmente negativa del país. Racista, xenófoba, discriminadora, engreída y altanera fueron algunas de las calificaciones aplicadas no solamente a determinadas personas o grupos, sino al conjunto de la sociedad argentina.
El señalamiento tuvo como punto de partida comportamientos concretos que merecen una condena inequívoca. En Argentina existen expresiones racistas, xenófobas y discriminatorias. Negarlo sería tan absurdo como sostener que esas conductas representan a toda la población. Son manifestaciones protagonizadas por sectores que, aunque ruidosos y visibles, no definen la complejidad de una sociedad integrada por múltiples culturas, nacionalidades, identidades y tradiciones.
Convertir el accionar de esas minorías en una identidad nacional constituye una generalización distorsionada y falaz. Sería tan injusto como atribuir a todos los habitantes de cualquier país las expresiones extremistas, violentas o discriminatorias de algunos de sus ciudadanos. El racismo no reconoce fronteras ni nacionalidades. Existe en Argentina, pero también en Brasil, Europa, Estados Unidos y prácticamente en todo el mundo.
El problema es que, cuando el país necesitaba una representación institucional capaz de rechazar esa caricatura con serenidad y autoridad moral, el propio presidente argentino decidió comportarse de una manera que parece confirmarla.
Javier Milei grita como un desaforado, insulta a diestra y siniestra y discrimina políticamente a todo aquel que no piensa como él. Convierte la descalificación personal en método discursivo y actúa como si la violencia verbal fuese una demostración de inteligencia superior. “Ladrón”, “presidiario”, “basura”, “zurdo de mierda” y otras expresiones similares no son exabruptos aislados: forman parte de un lenguaje deliberadamente construido para humillar al adversario y alimentar la confrontación.
Ese comportamiento ya era institucionalmente cuestionable dentro de la Argentina. Trasladado a otro país y ejercido por un jefe de Estado contra el presidente y los magistrados de esa nación, adquiere una gravedad diplomática mucho mayor.
Milei no viajó a San Pablo como ciudadano particular ni como dirigente de una organización internacional. Participó, en su condición de presidente argentino y acompañado por autoridades nacionales, del lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro. Allí pidió el voto para el candidato opositor, insultó a Luiz Inácio Lula da Silva y agravió al juez Alexandre de Moraes por una decisión adoptada dentro del orden constitucional brasileño.
La contradicción es evidente. Milei acusa al gobierno de Lula de haber interferido en las elecciones argentinas de 2023 para favorecer a Sergio Massa, pero interviene abierta y personalmente en la campaña electoral brasileña. Si aquella injerencia efectivamente existió, debería demostrarla y reclamar por los canales diplomáticos correspondientes. Reproducir la conducta que se denuncia no corrige la intromisión: la legitima.
La actitud resulta todavía más llamativa si se la compara con la prudencia demostrada frente al Reino Unido después del partido contra Inglaterra. Tras el triunfo argentino, los jugadores desplegaron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, hecho que provocó fuertes reacciones británicas y pedidos de sanción contra la selección. Milei respaldó el reclamo de soberanía, pero aclaró que la recuperación de las islas debe alcanzarse mediante una acción diplomática inteligente. Nadie lo escuchó llamar a los ingleses “ladrones”, “piratas” o “usurpadores”.
Y estuvo bien que no lo hiciera. La política exterior no debe construirse con agravios. La inconsistencia reside en que esa misma prudencia desaparece cuando el interlocutor es un presidente latinoamericano ideológicamente enfrentado con él. Pareciera que frente a los poderosos de verdad las actitudes patoteriles se desvanecen y reaparece, repentinamente, la valoración del diálogo y de los procedimientos diplomáticos.
Si Milei comprende que la disputa de soberanía más importante de la Argentina exige inteligencia, paciencia y negociación, debería entender que idénticos principios corresponden a la relación con Brasil. La diplomacia no puede ser considerada imprescindible frente al Reino Unido y un estorbo cuando se trata de insultar a Lula en un acto partidario.
A ello se sumó la acusación de que Brasil habría financiado el 25 por ciento de una supuesta “campaña antiargentina”. Milei no identificó el origen de esa cifra, quién habría recibido el dinero, cómo se habría distribuido ni qué organismo produjo la información. También involucró al gobierno mexicano y al Partido Demócrata estadounidense sin aportar pruebas.
Una imputación semejante, formulada por un presidente, no puede quedar reducida a una frase pronunciada en una entrevista radial. Si existen evidencias, corresponde presentarlas. Si no existen, el mandatario está utilizando una sospecha sin sustento para acusar a gobiernos extranjeros y profundizar una confrontación diplomática.
La consecuencia fue inmediata. Brasil llamó a consultas a su embajador en Argentina y convocó al representante argentino en Brasilia para pedir explicaciones. La disputa dejó de ser un intercambio entre dirigentes y pasó a comprometer formalmente la relación entre los dos Estados.
Milei podrá sostener que defiende a la Argentina frente a una operación internacional. Sin embargo, su conducta produce el efecto contrario. Cada insulto, cada gesto altanero y cada descalificación indiscriminada se convierte en material útil para quienes intentan presentar a los argentinos como una sociedad soberbia, intolerante y agresiva.
La mayoría de los argentinos no insulta a quien piensa distinto, no discrimina a los extranjeros ni considera que gritar más fuerte equivale a tener razón. Pero esa mayoría queda representada internacionalmente por un Presidente que ha hecho de la agresión una marca personal y de la intolerancia una herramienta política.
La investidura presidencial demanda una conducta ejemplar, no porque el cargo deba convertir a quien lo ocupa en una figura artificial o desprovista de convicciones, sino porque sus palabras ya no le pertenecen exclusivamente. Cuando habla un presidente, habla también, aunque millones de ciudadanos no compartan sus expresiones, en nombre de su país.
La pretensión de actuar como una suerte de Trump del subdesarrollo, convertido en sheriff ideológico de la región, puede entusiasmar a determinados auditorios partidarios. Pero Argentina no posee el sesgo de Estados Unidos y necesita preservar relaciones estables con sus vecinos, especialmente con Brasil, su principal socio regional.
La diplomacia no exige sumisión ni renuncia a las ideas. Exige educación, prudencia y conciencia de las consecuencias. Tres atributos que Milei supo reivindicar frente al Reino Unido, pero decidió abandonar cuando tuvo delante a un adversario ideológico latinoamericano.
Resulta injusto afirmar que toda la Argentina es racista, xenófoba o engreída por las conductas de algunos grupos. Pero también resulta imposible defender eficazmente al país de esa acusación cuando quien ocupa su máxima representación institucional insulta, discrimina y se comporta con una arrogancia difícil de justificar.
Las minorías intolerantes no representan a la Argentina. El problema es que el Presidente, en lugar de desautorizarlas con el ejemplo, termina validando ante el mundo la peor versión de ellas.
(*) El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de EDFM. El desarrollo editorial está basado en su experiencia, investigación y debates sobre los temas abordados.