einte grados, sol a pleno y una multitud rumbo a la playa. No es una postal de la Costa Atlántica en enero, sino un sábado de primavera en Ushuaia, donde el termómetro decidió tomarse vacaciones de su tradicional flaqueza.
La convocatoria fue importante. Los ushuaienses, poco acostumbrados a semejante derroche de generosidad meteorológica, salieron disparados hacia la costa, convirtiendo la playa en una sucursal improvisada de la Bristol. Eso sí, con montañas nevadas de fondo y sin vendedores de churros.
La imagen habla por sí sola: una interminable fila de vehículos, estacionamiento casi completo y una ciudad decidida a aprovechar cada minuto de esta inesperada versión fueguina del Caribe.
No faltó prácticamente nadie. Porque en Ushuaia, cuando aparecen veinte grados y un cielo despejado, no se consulta el pronóstico: se suspenden los compromisos.
Y el que llega tarde, se queda sin lugar en Playa Grande. La nuestra, naturalmente.