a intervención federal del Puerto de Ushuaia logró lo que ningún temporal antártico había conseguido: espantar cruceros. Después de meses de desacreditar el destino, sembrar sospechas y dinamitar la confianza, las navieras empiezan a cancelar recaladas ante la inseguridad jurídica que genera la ANPYN.
Así, mientras los interventores juegan a administrar un puerto que no conocen, Ushuaia pierde turistas, trabajo y negocios. La impericia empieza a facturarse en dólares.
Y lo más grotesco es que quienes llegaron prometiendo poner orden terminaron fabricando el caos.
No hizo falta que se hundiera ningún barco. Alcanzó con que desembarcara la ANPYN para empezar a hundir el destino.