aguna Esmeralda se transformó, en pocos años, en el atractivo turístico más convocante de Ushuaia. Miles de visitantes la eligen cada fin de semana del verano y una circulación constante de caminantes se mantiene durante los días hábiles. Sin embargo, ese crecimiento sostenido no vino acompañado por planificación, inversión ni control. El resultado es visible, cotidiano y preocupante: el colapso progresivo de todo el sistema de acceso y traslado hacia uno de los paisajes más emblemáticos de la ciudad.
Lejos de recibir al visitante con una infraestructura acorde a su relevancia, el recorrido comienza con una postal caótica. No existe un estacionamiento formal ni ordenado, por lo que los vehículos terminan ocupando la banquina —o directamente la banquisa— de la Ruta Nacional N°3. Se trata de una práctica expresamente prohibida, peligrosa y naturalizada, que se repite fin de semana tras fin de semana sin controles sostenidos ni soluciones alternativas.
A partir de allí, el deterioro se profundiza. No hay baños en ningún punto del trayecto ni en el área de inicio del sendero. Tampoco hay conectividad, señalización integral ni presencia regular de personal que ordene, informe o asista. En un contexto donde conviven caminantes experimentados, turistas ocasionales, familias y visitantes extranjeros, la ausencia de servicios básicos no es un detalle menor: es una falla estructural.
Sin embargo, donde el Estado no llega, aparece el desorden. En la zona se prestan servicios de manera irregular: venta de bebidas y alimentos sin habilitación visible, alquiler informal de equipos y vestimenta —tanto en invierno como en verano— y actividades comerciales que funcionan al margen de cualquier esquema de regulación. Todo ocurre a la vista de todos, en un espacio natural que debería estar protegido y gestionado con criterios claros.
Paradójicamente, Laguna Esmeralda concentra hoy la mayor cantidad de caminantes de toda la temporada estival. Ningún otro sendero de Ushuaia recibe semejante flujo de personas. Y, aun así, el lugar no cuenta con un plan integral que ordene accesos, transporte, servicios, preservación ambiental y seguridad. El atractivo creció solo, impulsado por redes sociales, recomendaciones y belleza natural. La gestión, en cambio, quedó atrás.
El problema no es la masividad en sí. El problema es la falta de decisión política para asumir que ese crecimiento requiere respuestas. Porque cuando no hay planificación, la masividad se convierte en impacto ambiental, riesgo vial, precarización laboral y mala experiencia turística. Y cuando no hay inversión, el paisaje empieza a pagar un precio que después es difícil revertir.
Laguna Esmeralda hoy no muestra la mejor cara de Ushuaia al turismo. Muestra improvisación, saturación y abandono relativo. Muestra lo que ocurre cuando un recurso natural se vuelve popular sin que exista un modelo de gestión que lo acompañe. Y muestra, también, una oportunidad desperdiciada: la de convertir el sendero más visitado en un ejemplo de orden, cuidado y desarrollo sostenible.
La pregunta ya no es si Laguna Esmeralda necesita intervención. La pregunta es cuánto más puede soportar sin que el daño sea irreversible. Porque lo que hoy se presenta como desorden, mañana puede convertirse en conflicto. Y lo que hoy es falta de servicios, mañana será pérdida de valor turístico y ambiental.
Gestionar no es prohibir. Gestionar es planificar, invertir, regular y cuidar. Laguna Esmeralda lo necesita con urgencia. Porque cuando el principal atractivo de una ciudad colapsa, lo que queda expuesto no es sólo un sendero: es la ausencia de una política turística a la altura de su propio éxito.