n fenómeno que desconcertó a exploradores y científicos desde hace más de un siglo finalmente fue explicado. Se trata de las llamadas Cataratas de Sangre, una corriente de agua de color rojo intenso que fluye desde el glaciar Taylor, ubicado en el este de la Antártida. El flujo, visible a simple vista sobre la superficie helada, fue registrado por primera vez en 1911 por el geólogo Griffith Taylor, en medio de una expedición por los valles secos de McMurdo.
Desde entonces, múltiples hipótesis intentaron explicar su particular apariencia. Durante décadas se especuló con la presencia de algas, procesos volcánicos o contaminación natural, pero ninguna teoría fue concluyente. En la actualidad, un nuevo estudio logró confirmar el origen del fenómeno mediante el uso de tecnologías de radar penetrante e imágenes por resonancia adaptadas a entornos glaciares.
La investigación reveló la existencia de una reserva subterránea de agua que permanece en estado líquido a pesar de las temperaturas extremas. Este hallazgo fue posible gracias a la detección de una red de canales y cavidades por debajo del glaciar, a través de los cuales fluye el líquido hasta alcanzar la superficie. Allí, al entrar en contacto con el ambiente externo, ocurre la transformación química que da lugar al color característico del fenómeno.
“El sistema subglacial se mantuvo sellado durante milenios, en condiciones completamente aisladas”, explicó uno de los investigadores. La combinación de factores —incluyendo el contenido mineral, la presión y la salinidad— permite que el agua permanezca en estado líquido y conserve propiedades únicas que ahora están siendo analizadas en profundidad.
Además de su rareza visual, las Cataratas de Sangre ofrecen una oportunidad singular para estudiar formas de vida extremas. La reserva subglacial contiene microorganismos adaptados a la oscuridad, a la falta de oxígeno y a ambientes de altísima salinidad. Los científicos creen que estos organismos podrían ser clave para comprender la evolución de la vida en la Tierra y en posibles ambientes similares fuera del planeta.
El glaciar Taylor se ubica en uno de los lugares más áridos y fríos del continente antártico. La zona, libre de cobertura permanente de nieve, permite estudiar directamente estructuras geológicas y procesos que permanecen ocultos en otras regiones polares. Por eso, el fenómeno es considerado también un modelo útil para investigaciones astrobiológicas.
Según los autores del estudio, este hallazgo no solo resuelve una incógnita histórica sino que permite abrir nuevas líneas de investigación sobre la dinámica del agua bajo el hielo, los procesos geoquímicos involucrados y la resiliencia biológica en ambientes extremos. El descubrimiento también aporta datos relevantes sobre la estabilidad de estos ecosistemas en el contexto del cambio climático.