De la ¨Isla de la fantasía¨ a la ¨isla de la subsistencia¨
Editorial

De la ¨Isla de la fantasía¨ a la ¨isla de la subsistencia¨

Por: Comité Editorial EDFM
07/10/2026
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ierra del Fuego está dejando atrás aquella caricatura de la “Isla de la Fantasía”. Después de los últimos años de deterioro económico y de medidas que modificaron las condiciones de su industria, las calles muestran otra realidad: familias que improvisan pequeños emprendimientos, venden comida o buscan cualquier ingreso posible. Ya no se trata de vivir mejor. Para demasiados fueguinos, se trata simplemente de llegar a mañana.

Durante muchos años, a Tierra del Fuego se la llamó, con una mezcla de ironía, resentimiento y desconocimiento, la “Isla de la Fantasía”. La expresión servía para describir una provincia donde los salarios eran comparativamente altos, existía movilidad social y miles de argentinos llegaban desde otros lugares del país atraídos por una posibilidad bastante elemental: conseguir trabajo, alquilar una casa, criar a sus hijos y construir una vida.

Aquella fantasía, si alguna vez existió, se terminó.

Ahora hay otra isla.

Se la puede observar sin necesidad de consultar una planilla de Excel. Está en las calles de Ushuaia, Tolhuin y Río Grande. Aparece en una parrilla improvisada donde alguien cocina tortillas y choripanes; en una conservadora desde la que se ofrecen empanadas; en las puertas de los supermercados, donde hombres y mujeres venden alimentos elaborados en sus casas; en quienes limpian parabrisas en los semáforos o colocan sobre una mesa aquello que consiguieron para vender. Es un fenómeno de conurbanización como sucede en las periferias de las metrópolis.

No son postales pintorescas de una economía emprendedora. Son, muchas veces, estrategias de supervivencia fruto de un modelo económico de exclusión.

Y convendría detenerse allí antes de emitir cualquier juicio. Detrás de cada mesa plegable, de cada parrilla y de cada bandeja de empanadas puede haber una historia que desconocemos. Una persona que perdió su empleo. Una familia que necesita completar el alquiler. Una madre que encontró la manera de transformar harina, carne y algunas horas de trabajo en el dinero necesario para la cena. Un padre que ya no consigue una ocupación estable. Personas que hacen cuentas cada noche para decidir qué pueden pagar y qué deberá esperar.

También existen familias que encontraron refugio en colectivos fuera de servicio y personas que convirtieron la vía pública en el último espacio disponible para procurarse un ingreso.

La palabra adecuada no es marginalidad. Es subsistencia.

Las estadísticas ayudan a comprender la dimensión del problema, aunque nunca alcanzan a describirlo. En el segundo trimestre de 2026, la desocupación en el aglomerado Ushuaia-Río Grande llegó al 8,1 por ciento. Además, unas nueve mil personas que ya tenían una ocupación estaban buscando otro empleo.

Es decir: tener trabajo tampoco garantiza necesariamente tranquilidad.

El deterioro no apareció de un día para otro. Durante los últimos tres años se modificaron profundamente las condiciones económicas que sostenían buena parte del entramado productivo fueguino. La caída del consumo interno se combinó con cambios en la política comercial y con una reducción de la protección arancelaria sobre productos que compiten directamente con la producción local.

El caso más evidente es el de los teléfonos celulares. En mayo de 2025, el Gobierno nacional dispuso reducir el arancel de importación del 16 al 8 por ciento y eliminarlo completamente a partir de enero de 2026. Al mismo tiempo, redujo impuestos internos sobre bienes importados y llevó a cero la alícuota para determinados productos fabricados en Tierra del Fuego. El Gobierno presentó esas decisiones como una política destinada a aumentar la competencia y reducir precios.

Pero incluso documentos oficiales posteriores reconocieron la magnitud del impacto sobre la industria fueguina. En enero de este año, una resolución nacional consignó que representantes del sector industrial habían advertido sobre una pérdida crítica de competitividad, riesgos para la continuidad de las operaciones y para el sostenimiento de los puestos de trabajo.

Ese detalle importa porque Tierra del Fuego no es simplemente un lugar donde casualmente existen algunas fábricas. Su estructura económica fue construida durante décadas alrededor de un régimen concebido para promover población, empleo, actividad económica y presencia argentina en el extremo austral. Incluso documentos oficiales nacionales continúan reconociendo que la industria electrónica ocupa un lugar central dentro de la estructura productiva provincial.

Por eso, cuando una fábrica reduce producción no se apaga solamente una línea de montaje.

Se resiente el comercio. El trabajador posterga una compra. El restaurante pierde una mesa. El remisero hace un viaje menos. Una familia suspende una refacción. Otra deja de cambiar el auto. Otra entrega el departamento que alquilaba. Otra empieza a vender empanadas.

Así funcionan las crisis verdaderamente profundas: primero aparecen en los indicadores y después terminan instalándose en las veredas.

La vieja “Isla de la Fantasía” tenía defectos, privilegios discutibles, ineficiencias y contradicciones que podían —y debían— debatirse. Ningún modelo productivo merece quedar congelado para siempre ni está exento de revisión. Pero existe una diferencia enorme entre transformar una estructura económica y simplemente debilitarla sin haber construido previamente aquello que habrá de reemplazarla.

Porque detrás de palabras aparentemente técnicas como aranceles, competitividad, apertura o mercado interno, existen personas.

Y las personas no viven dentro de una planilla.

Viven en casas que deben calefaccionarse durante el invierno. Pagan alquileres. Compran alimentos. Mandan hijos a la escuela. Necesitan medicamentos. Tienen sueños modestos y urgencias enormes. Y cuando desaparece el salario, ninguna teoría económica alcanza para explicarle a una familia cómo pagar el supermercado el lunes siguiente.

Quizás por eso la transformación más dolorosa de Tierra del Fuego no esté ocurriendo dentro de las fábricas sino afuera.

Está sucediendo en las calles.

Cada nuevo puesto improvisado puede parecer insignificante observado individualmente. Pero cuando comienzan a multiplicarse, forman un paisaje. Y los paisajes sociales también hablan.

Nos están diciendo que hay personas que no se resignan. Que trabajan con lo que tienen. Que cocinan, venden, limpian, reparan, manejan un auto a través de una aplicación, ofrecen lo que pueden. Que convierten una cocina doméstica en un pequeño taller productivo porque necesitan seguir adelante.

Eso merece respeto, no indiferencia.

Pero una sociedad tampoco puede acostumbrarse a que sobrevivir sea considerado una forma aceptable de progreso.

Durante años nos dijeron, burlonamente, que vivíamos en la Isla de la Fantasía.

La fantasía terminó.

El problema es que aquello que está ocupando su lugar no parece ser una economía más moderna, diversificada y próspera.

Es algo bastante más elemental y doloroso.

Es la isla que se está siendo obligada a vivir en un modelo de subsistencia.

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